FEDERICO B. KIRBUS - PERIODISTA


Federico B. Kirbus, nació en la ciudad de Piñeyro en 1931, lamentablemente, falleció en la ciudad de Buenos Aires, el 12 de diciembre de 2015.​ Fue un periodista, escritor e investigador argentino.

Publicó artículos en medios como: Velocidad, El Gráfico, Motor, A Todo Motor, Aire & Sol, La Prensa, La Nación, Clarín, Argentinisches Tageblatt, Autoclub, Automóvil Revue (Berna, Suiza), Road & Track, Car and Driver (Estados Unidos) entre otros. Ha cubierto como periodista muchas carreras del país y en el exterior, y viajado con Juan Manuel Fangio por Europa; formó parte del equipo de carreras Mercedes-Benz en 1955.

Recorrió como escritor de turismo gran parte de la Argentina y ha "descubierto" periodísticamente sitios tales como Ischigualasto (Valle de la Luna), Talampaya y la Ruta 40. Durante su larga actividad fue probador de automóviles, tarea que realizó durante más de medio siglo con su esposa Marlú Kirbus (1940–2013).

En 1978 previno que el Tren a las Nubes, creado poco antes, fuese suprimido por falta de pasajeros al publicar en el órgano oficial del Automóvil Club Argentino una nota titulada "A las nubes en un tren", lo que hizo que este servicio turístico se conociera entre muchos amantes de los ferrocarriles (revista Autoclub). En 1983 recorrió los Llanos de La Rioja y publicó en la revista "Autoclub" un artículo que perduraría para el dominio público y el turismo como "El Camino de los Caudillos".

Federico Kirbus, fue también el decano del periodismo automotor en la Argentina, fue traductor de la Dirección de Prensa de Damiler-Benz, en Stuttgart, en los años ’50 y acompañó a Juan Manuel Fangio en todos los Grand Prix que el Chueco corrió para la marca alemana.

Conociéndolo cómo lo conocía, en 2011 escribió un artículo más que interesante, que ahora transcribimos:

Fangio y el secreto de sus ojos:

Por Federico Kirbus

Días atrás, el amigo Yuyo me preguntó por e-mail: “¿Cuál fue la diferencia entre Fangio y los demás? Y me refiero al momento en que no era conocido, en que comenzó a hacerse un lugar (¡y vaya lugar!). Quizás después, con un par de campeonatos encima, se pueda pensar que le dieron los mejores autos y los mejores equipos de técnicos. Pero me intrigan esos detalles que, a la vista de alguien que lo vió frente a los mejores como vos, hicieron la diferencia. ¿Leía mejor los circuitos?, ¿se conectaba mejor con su auto? Me gustaría conocer tu opinión”.

Fangio, digo yo, tuvo tres virtudes particulares.

La primera: la concentración, total y absoluta, en su coche y el circuito. Por ejemplo, como yo conocía a virtualmente a todos los pilotos de cerca o muy de cerca -siendo a veces incluso su confesor- al verme a mí al lado de la pista -su conocido o amigo- me saludaban levantando, aunque sea los dedos del volante. O hacían un guiño. O un movimiento de cabeza.

Para Fangio sólo existía la carrera. Diría que, aunque sus padres hubiesen estado mirando al lado del circuito, no se hubiera distraído ni un solo instante para saludarlos o hacerles un ademán.

Esa concentración le permitió manejar sin relevo, durante tres horas y quemándose una pierna con los escapes, durante el Gran Premio Argentino de 1955. Concentración total y absoluta, repito.

La segunda virtud era su sensibilidad. Fangio sentía su máquina con el traste, como un volovelista que vuela su planeador según las térmicas. Esta técnica la había aprendido –como comentó cierta vez- andando sobre el barro con los autos que reparaba en el taller de Balcarce.

Y la tercera virtud era la vista extraordinaria de sus ojos grises. Esto no resulta fácil de explicar o describir, pero es así: hay que haber visto en vida sus ojos color gris, tirando a verdoso. Quizá un oftalmólogo pueda analizarlo mejor que yo.

Tal vez los músculos que enfocaban eran más fuertes y rápidos que los de otros pilotos. Tal vez su cerebro prodigioso permitía elaborar la información óptica más rápidamente.

Cuando Fangio quería ver mejor, los entrecerraba. Tenía, al parecer, un don de abarcar un ángulo muy grande, de modo que aún, mirando hacia adelante se percataba de lo que pasaba al costado. Esto le permitió anticipar maniobras, imprevistos y accidentes con propiedades casi clarividentes.

Estas tres virtudes, y seguramente otros aspectos, confluyeron para convertirlo en lo que fue: un piloto superdotado.


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